domingo, 29 de junio de 2014

Desconectado


Apagón. Con los ojos cristalizados, abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, agonizante. Pasaron unos segundos…

Cuando volvió la luz lo encontraron muerto aferrado al mouse.

miércoles, 18 de junio de 2014

Antesala


Una vez que dejó de exhalar y los ojos se le cristalizaron hubo llanto, un cajón y la prolija tumba cavada a medida. Días de recuerdos benévolos. Silencio.
Seguramente todos, como los miembros de cualquier otra familia común, hubieran preferido con el paso de las semanas volver al vacío de la rutina. Pero a pesar de estar muerto su manía de arrastrar las chancletas por el pasillo al volver de buscar el diario era audible todas las mañanas, y largas fueron las discusiones entre madre e hijo al sentir constantemente un olor potente a humo de cigarrillo en  las distintas habitaciones. Ese hedor que llenaba los pulmones de la casa de un cáncer invasivo. Nunca hubo colillas ni rastros de ceniza. Sólo el tufo penetrante de tabaco negro fumado uno atrás otro sin respiro, que se impregnaba en la ropa, las pantallas de los veladores, los cubrecamas; que ahogaba los poros de los libros cada vez que sus páginas eran abiertas.
Las peleas fueron olvidadas la tarde que ambos entraron discutiendo en la cocina y por un instante lo vieron apoyado en el alfeizar contemplando el patio del fondo. Más allá su viuda colgaba ropa recién lavada con la lentitud propia de la vejez 
El escepticismo, sin embargo, los condenaba a preferir no creer del todo lo que pasaba  así que decidieron tácitamente seguir ignorando al anciano. Pensaron que de esa forma se hartaría de dar vueltas por la casa. Que en algún momento descansaría en paz, allá lejos, en el cementerio donde fue dejado al abrigo de las entrañas de la tierra y la humedad.
Ella sabia que no sería así. Era la única que había percibido cómo el tilo que su esposo plantó al construir la casona dejó caer lentamente sus hojas hasta quedar expuesto. Cómo cambió su follaje por una piel agrietada, gris, y los miles de brazos extendidos, desnudos hacia arriba, ahora lastimaban  a las nubes que se atrevían a sobrevolarlo.
Jamás lo talaron. Por orden suya el árbol muerto nunca fue tocado.
Con los años ellos pronto se acostumbraron a ignorarlo. Hacer como que no existía. A hablar sobre él sólo en pasado. No querían verlo paseando por el fondo, evitando que la gramilla creciera en los canteros, ni lo escuchaban cuando susurraba algún buen movimiento mirando el tablero de ajedrez por encima del hombro de los jugadores. No sabían que por las noches se sentaba a los pies de su cama y sonreía al verla dormir.
Tiempo después, cuando ella decidió no esperar més y se quedó profundamente dormida; cuando el tilo de la noche a la mañana reverdeció en todo su esplendor envolviéndolos con un perfume penetrante que suplantó al del tabaco negro. Cuando todo quedó en silencio, estático, tieso, ellos advirtieron que no fue su indiferencia lo que obligó al anciano a desistir. Sólo entonces comprendieron que él había decidido demorarse lo que fuera necesario. Esperarla para no cruzar solo al otro lado.


lunes, 16 de junio de 2014

Murallas


Cara de póker al salir, al tomar clases de yoga y trigonometría. Al subir al metro, al tragar un café de paso. Al asistir a misa o al teatro o a una ejecución donde la guillotina cercena irrealidades en la peatonal. Al almorzar, cenar y merendar. Al devorar poemas susurrados por un ciego al ritmo de las monedas de su limosna, su ganancia. Al bailar y beber hasta las nauseas. Al anónimo invisible; manos y labios en la negrura de un cielo raso durante retruques sobre sábanas ajenas.  Al dormir entre pesadillas con los pies helados dentro de los charcos que dejó una lluvia sorpresa. Al pasear  las yemas de los dedos por lomos de libros comprados y expuestos, vírgenes, en una biblioteca impecable. Templo de lo no sabido. Pantalla de un tal vez.
Cara de póker ante la vida fingida y  rutinas apolilladas. Las ausencias de risas espasmódicas, el esmog pegado en la punta de la nariz. Los lápices enanos devorados por el sacapuntas. La luna velada por esta luminosidad que transmuta todo con su halo anaranjado, eléctrico; papel film de lo olvidado, lo guardado para un después. Memorias llenas de moho y melodramas asonantes.
Cara de póker ante la mimética mímesis de raquíticos pierrots. 


lunes, 9 de junio de 2014

Matrioshka


Cuando terminó de desvestirla, deshojarla,  de despojarla de las mil capas que al final escondían su figura pequeña, indefensa, se dio cuenta de que ya la amaba desde mucho antes de desmenuzarla. Desde mucho antes de examinar hasta el último detalle; llevado por un voluble capricho. 


viernes, 6 de junio de 2014

Lotófagos


Me olvidé de todo.
Hasta de lo que quería guardar para evocarlo cuando el tiempo fuera más claro.
Más firme, lejano. Exógeno. Distante.
Olvidé todo para perder el olor a destiempo.
Para alejarme de las ristras de ajo, los crucifijos y cruces de sal. Las escaleras de pintor de brocha gorda. Los gatos negros y grillos. Todo lo borré para ya no saber que mis barajas marcadas volvieron a salir, burlonas y sin piedad, sobre el paño de la adivinación.
                                                                   No quiero saber nada más.
                                                     No quiero saber que volveré…
                                        como siempre…
                       a tropezar con vos.
Te olvidé por sentir que aunque cambies de rostros, de vidas, de escenarios y modus operandi sos siempre el mismo disfrazado de novedad. El que me desgarra, desarma, deshoja y desampara en una realidad de espejos trizados, empañados por el paso del tiempo.

Olvidando cuando retornes todo parecerá nuevo.
Incluso el dolor.






lunes, 2 de junio de 2014

Panópticos


El ventanal abarca todo el largo de la sala. Suspendido en un tercer piso parece un ojo inmenso. Una fotografía panorámica de dos edificios que están en frente. Cruzando la calle.
Olvida las voces de la conferencia y el retumbar del micrófono. La pantalla más allá del ventanal le permite espiar diferentes escenas. La tarde se oscurece y algunas ventanas, iluminadas de repente, dejan en evidencia a sus habitantes como si fueran muñecos con vida propia que actúan en la ignorancia de que alguien más los observa desde el frente. En el segundo piso una mujer discute con alguien escondido tras la pared. Ve su pelo moverse al ritmo de unas manos nerviosas, indignadas. Un piso más arriba, a la izquierda, un joven apaga el velador y se asoma encendiendo un cigarrillo. Su figura pasa a ser denunciada entonces por el punto rojo que va de su boca al marco donde está apoyado mirando hacia el vació, hacia la calle.
Encima del departamento en alquiler, oscuro y sin vida, una joven acaba de llegar, tal vez de su laburo. Ha encendido todas las luces y se pasea de una ventana a otra. Al volver de la última nota que sus movimientos son más epilépticos, como si bailara una música muda. La observa con culpa, maravillada de que la inocencia de no saber que está siendo observada la lleve a retorcerse feliz y gritar en silencio mientras comienza a desvestirse y desaparece de escena.
La mujer de abajo ha dejado de discutir. En esos segundos en que la dejó suspensa, distraída en los otros, algo dio un evidente giro en la conversación porque al parecer se ha quedado sin interlocutor y llora hipando mientras cierra las cortinas.
El hombre del cigarrillo desapareció. Evidentemente terminó de fumar. O tal vez se le acabó el pucho y sigue ahí, espiando el mundo. Igual que ella. Tal vez mira hacia el ventanal del museo donde varias personas están ordenadamente sentadas mirando hacia adelante con cara de seriedad y grave entendimiento.
Algunas otras luces se fueron prendiendo, habilitando a su curiosidad nuevos escenarios, nuevos personajes a los cuales imaginarles arbitrarias biografías. Pero la amenaza latente de que alguien esté pendiente de su comportamiento en el recuadro del tercer piso la ha llevado a sentarse derecha, mirar al frente y poner cara circunspecta, de entendimiento y concentración.