lunes, 24 de octubre de 2016

México



           Después de horas andando, subiendo y bajando de peceros, entrando y saliendo del metro, nada fue más gratificante que unas chelas bien frías en una de las terrazas de La Condesa. Una vez sorteada la puerta, que se abría a la calle desierta como fauces negras, sus pies fueron tanteando un camino apenas delineado, pasando de una habitación a otra. Las escaleras de la casona se contorsionaba hasta el cielo encapotado como una columna vertebral quebrada en disimiles pedazos, y a cada piso al que accedían un sopor hipnótico las iba seduciendo. La pulquería estaba atestada de gente. La noche se disfrazaba de calidez en medio de un otoño tímido, apenas percibido. Las mesas se amontonaban como naipes mal barajados y las conversaciones se entrelazaban como cadáveres exquisitos improvisados en voz alta.
Entre risas, uno de los que jugaban de local les contó a las corridas, sin pausas, los lugares que podían visitar el resto de los días que pasaran en la ciudad. Los lugares que no podían dejar de ver y a los rincones a donde mejor ni asomar la nariz. La familiaridad se fue acentuando a medida que los vasos se vaciaban y la tonada bailaba en sus labios sin resbalar. Las palabras se escabullían atolondradas por la emoción en un castellano inteligible. Apenas podían entender cómo, hablando la misma lengua, más de una vez debían pedir traducción de lo que decía, buscar equivalencias a modismos, insultos, expresiones. Cada neologismo era como una piedra en los zapatos que no permitía correr del todo relajado sin que a cada paso mal dado se sufriese una pequeña tortura. A tal punto que cuando la charla se hacía amena era un incordio andar buscando en el glosario mental ante la cara de estupefacción del interlocutor. Así y todo nada impidió que la conversación se extendiera. La vida nocturna mexicana es corta pero la plática siguió hasta que los dueños les pidieron, ya de madrugada, que por favor se retiraran para poder cerrar.
Amontonados en una larga mesa, junto a otros extranjeros, después de un rato se hartó un poco de prestar atención a tres temas de conversación distintos, encimados, getoneados todos al unísono, y se quedó un segundo en silencio tratando de descifrar que sentía, sin poder aún caer en la cuenta de que si en ese mismo instante la dejaban abandonada en medio de una avenida no sabría como regresar, no sabría a quien pedir ayuda. Su cabeza no terminaba de asimilar que había cruzado todo el continente y que mirara donde mirase nada era familiar. Abstraída en estos pensamientos sus ojos se quedaron observando con curiosidad el edificio abandonado que estaba a un costado de donde se habían sentado. Una propaganda de una gaseosa, fechada unos treinta años atrás, se derretía presa del tizne del smog y la humedad. A medida que la pared se iba descascarando el dibujo, opaco, difuso, parecía un rompecabezas mal trazado. Una vez más el anfitrión tomó la palabra y al verla tan concentrada en la pared le explicó que así como ese edificio, había muchos abandonados por todo el Distrito Federal. Negocios, edificios de oficinas, casonas. Ruinas en plena ciudad que la vorágine del progreso iba dejando atrás, fagocitadas por mega construcciones futuristas, cadenas de comidas rápidas, tiendas y centros comerciales. Quedaban así, vacías, anquilosadas en un tiempo no muy lejano pero ya olvidado, siendo para algunos boletos gratuitos a la memoria. En este caso a una bebida que todavía se conseguía en los kioscos cuando él era un infante, cuando aún llevaba pantalones cortos y las rodillas llenas de roña.
Desde esa noche y sin proponérselo tomó nota mental de cada uno de los olvidos desperdigados al azar. Por lo general se topaba con ellos sin querer, al levantar la vista y ver por la ventanilla, al cruzar la calle dos semáforos antes o confundirse y bajar del carro un par de paradas después de la prevista. Se tropezaba con paredes maquilladas de grafitis fosforescentes; o edificios con las ventanas cegadas, tapiadas con tablones o ladrillos y concreto; casas de principios del siglo pasado asfixiadas por plantas que nacían desde sus grietas; carteles y propagandas testigos de otras décadas, otra ciudad, otro ritmo de vida.
Al final de su estadía, después de subir y bajar miles de escalones que los precolombinos gastaron sin soñar siquiera con la esclavitud y las pestes; después de entrar a cada catedral, iglesia y templo impregnadas de biografías de hombres anónimos en sus retablos dorados; de andar y desandar callecitas o mercados con olor a guayaba, tacos de tripa y especias, no pudo olvidar cada una de las ruinas urbanas que cruzó sin querer. Sentía que en ellas, dejadas de lado en los circuitos turísticos, se guardaban también historias importantes. Mínimas, intimas, pero historias al fin. Pensaba que cada una de esas paredes había escuchado secretos y confesiones que jamás podrían revelar. Habían visto amantes y enemigos, familias numerosas, suicidas, viajantes perdidos, el nacimiento de criaturas y muertes prematuras. Venganzas sin sentido. Felicidad y enfermedad. Crímenes, plagios, fugas. Tal vez en sus ladrillos guardaran la melodía de un gran músico aprendiendo sus primeros acordes. Los gemidos de un primer orgasmo. Los susurros de una nana cantada a un berrichoso que despertó a las dos de la mañana o las interminables mañanitas del Rey David. El olor a tacos dorados y quesadillas. Carcajadas con aliento a mezcal.
Alguna promesa y los últimos besos antes de un adiós.