martes, 21 de febrero de 2017

Sinécdoque




Tres termos de mates. Tres termos de mates nos bajamos hablando tonteras. Tres veces pusimos la pava y de tanta cháchara en las tres ocasiones se nos hirvió el agua y nos quemamos el paladar, y las lenguas siguieron sus contorciones ardidas sin cercenar la charla.
El sol se apagó. La calle parecía una maqueta monocromática cuando abandoné tu casa. Y en el pedalear hasta mi barrio olvidé de qué tanto hablamos. Olvidé los tres termos de mate, la tarde cálida, los ladridos de los perros. Lo único importante de nuestra juntada era la foto. Esa que me apresuré a buscar cuando llegué a casa y que admiré mientras prendía la compu y conectaba el USB. Esa que etiqueté y publiqué pública para que todos se enteraran de lo increíble que la habíamos pasado filosofando toda la tarde, la gran amistad que compartimos, lo interesantes que somos.
Una vez subida, después de un par de likes, me olvidé de mi vejiga llena de agua de mates lavados, nuestra conversación y los problemas o alegrías que me contaste.
Tal vez dentro de un par de meses vuelva a visitarte para sacarnos otra selfie.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Cajoneados


Salir a buscar trabajo es un trabajo.
Eso dicen en todos los blogs, páginas webs, videos motivacionales de Facebook. Buscar trabajo es un trabajo. Un trabajo por el que no te pagan y que lleva horas de caminatas interminables entregándoles a desconocidos una escueta descripción de quienes somos y cuanto valemos en sólo algunas páginas de un curriculum vitae que tal vez jamás sean leídas.
Es justamente ese curriculum el que me suscita cierta incomodidad. Más allá del acostumbrado “no señorita, por el momento no estamos tomando personal, ¿para que me lo va a dejar?” o “muchísimas gracias pero no contratamos mujeres”, sospecho que en cada lugar al cual he ingresado con cara resplandeciente de niña buena y una sonrisa de oreja a oreja los empleados tienen debajo del mostrador un cajón especial. Un cajón en el que no suelen meter mucho la mano. Un cajón que apenas abren a veces, cuando alguien tiene la osadía de entrar a dejar un curriculum por puro descaro, aunque no haya ningún cartel solicitándolo. Sólo entonces sonríen nerviosos y aceptan las tres hojitas a regañadientes, como quien no quiere la cosa, pensando que sería muchísimo mejor haber pedido licencia ese día y estar en sus casas panza arriba mirando la tele. Y por eso te miran con los ojos vidriosos asegurándote que apenas esté el encargado de planta o llegue el jefe se lo van a entregar. Pero yo, que ya me había dado cuenta de esa actitud, me los quedaba mirando, no salía del  negocio hasta que abrían el cajón debajo del mostrador con un cuidado extraordinario, y en un movimiento rápido metían mi CV y lo cerraban de golpe. Sospechaba que si me iba antes de ese simple acto, para evitar abrir ese cajón el empleado  al que le confié mi oportunidad laboral arrojaría mi curriculum a la basura o haría avioncitos de papel con notas guarras para la empleada del otro pasillo o se lo llevaría a sus hijos para que dibujaran e hicieran sobre mi foto unos hermosos bigotes y una larga barba coronada de pecas. Y pensaba que lo hacían de mala leche, para evitar la competencia, para conservar su puesto haciendo de cuenta que nadie más lo requiere.
Pero después de varios meses de salir a tirar CV sin que nadie me llamara, y presenciando una y otra vez la misma secuencia, sospecho que esos estratégicos cajones ubicados debajo de los mostradores en realidad guardan en su interior la boca de una especie de pequeña Escila devora papel, amante de las panzadas de tinta. Creo firmemente que esos cajones son distribuidos por la NASA como un negociado paralelo a todos sus chanchullos de viajes falsos a la Luna y meteoritos que amenazan con destruir la Tierra para generar más ganancias. Creo que en cada uno de ellos han logrado condensar agujeros negros, ideales para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama, con la finalidad de eliminar fácilmente la cantidad de curriculums que reciben los distintos comercios, bolsas de trabajo y recepcionistas de recursos humanos en épocas de crisis u oleadas de viajeros hippies que buscan hacer changas para vivir un par de días, conocer el lugar y seguir viajando. Es por eso que los empleados odian recibir a los aspirantes y tener que guardar sus CV. Porque son conscientes que un mal movimiento, un confiarse demasiado, podría llevarlos a la catástrofe de ser succionados por el cajón de la misma forma que las hojas de papel, perdiéndose así en la infinitud del Cosmos.
Incluso me atrevo a pensar que cada vez que hay una huelga, un paro general, una manifestación laboral o una simple queja salarial aquellos que osan importunar la marcha impoluta del capitalismo son condenados al cajón. Obligados a saltar dentro de ellos para así ser barridos de la faz de la Tierra y quitarlos del medio. Supongo que algunos vuelven, escupidos desde vaya a saber qué dimensión paralela sin ánimos de nada, hartos ya del papeleo y filas burocráticas. Nunca he sabido de ninguno, pero cabe esa posibilidad. O tal vez pasen sus jornadas confinados a un rincón espacio-temporal desconocido, obligados a organizar y archivar día a día una lluvia de curriculums de todo el Mundo que desembocan, al igual que ellos, en ese lugar olvidado gracias a los agujeros negros escondidos en los cajones.
Sospecho que sólo entonces, una vez erradicada la rabia y cortada la cabeza de la huelga y el descontento, los dueños y jefes, contentos con su inversión cajonera, dan la orden de que el próximo indefenso que ingrese pidiendo trabajo sea contratado de inmediato como remplazo del revoltoso.





lunes, 24 de octubre de 2016

México



           Después de horas andando, subiendo y bajando de peceros, entrando y saliendo del metro, nada fue más gratificante que unas chelas bien frías en una de las terrazas de La Condesa. Una vez sorteada la puerta, que se abría a la calle desierta como fauces negras, sus pies fueron tanteando un camino apenas delineado, pasando de una habitación a otra. Las escaleras de la casona se contorsionaba hasta el cielo encapotado como una columna vertebral quebrada en disimiles pedazos, y a cada piso al que accedían un sopor hipnótico las iba seduciendo. La pulquería estaba atestada de gente. La noche se disfrazaba de calidez en medio de un otoño tímido, apenas percibido. Las mesas se amontonaban como naipes mal barajados y las conversaciones se entrelazaban como cadáveres exquisitos improvisados en voz alta.
Entre risas, uno de los que jugaban de local les contó a las corridas, sin pausas, los lugares que podían visitar el resto de los días que pasaran en la ciudad. Los lugares que no podían dejar de ver y a los rincones a donde mejor ni asomar la nariz. La familiaridad se fue acentuando a medida que los vasos se vaciaban y la tonada bailaba en sus labios sin resbalar. Las palabras se escabullían atolondradas por la emoción en un castellano inteligible. Apenas podían entender cómo, hablando la misma lengua, más de una vez debían pedir traducción de lo que decía, buscar equivalencias a modismos, insultos, expresiones. Cada neologismo era como una piedra en los zapatos que no permitía correr del todo relajado sin que a cada paso mal dado se sufriese una pequeña tortura. A tal punto que cuando la charla se hacía amena era un incordio andar buscando en el glosario mental ante la cara de estupefacción del interlocutor. Así y todo nada impidió que la conversación se extendiera. La vida nocturna mexicana es corta pero la plática siguió hasta que los dueños les pidieron, ya de madrugada, que por favor se retiraran para poder cerrar.
Amontonados en una larga mesa, junto a otros extranjeros, después de un rato se hartó un poco de prestar atención a tres temas de conversación distintos, encimados, getoneados todos al unísono, y se quedó un segundo en silencio tratando de descifrar que sentía, sin poder aún caer en la cuenta de que si en ese mismo instante la dejaban abandonada en medio de una avenida no sabría como regresar, no sabría a quien pedir ayuda. Su cabeza no terminaba de asimilar que había cruzado todo el continente y que mirara donde mirase nada era familiar. Abstraída en estos pensamientos sus ojos se quedaron observando con curiosidad el edificio abandonado que estaba a un costado de donde se habían sentado. Una propaganda de una gaseosa, fechada unos treinta años atrás, se derretía presa del tizne del smog y la humedad. A medida que la pared se iba descascarando el dibujo, opaco, difuso, parecía un rompecabezas mal trazado. Una vez más el anfitrión tomó la palabra y al verla tan concentrada en la pared le explicó que así como ese edificio, había muchos abandonados por todo el Distrito Federal. Negocios, edificios de oficinas, casonas. Ruinas en plena ciudad que la vorágine del progreso iba dejando atrás, fagocitadas por mega construcciones futuristas, cadenas de comidas rápidas, tiendas y centros comerciales. Quedaban así, vacías, anquilosadas en un tiempo no muy lejano pero ya olvidado, siendo para algunos boletos gratuitos a la memoria. En este caso a una bebida que todavía se conseguía en los kioscos cuando él era un infante, cuando aún llevaba pantalones cortos y las rodillas llenas de roña.
Desde esa noche y sin proponérselo tomó nota mental de cada uno de los olvidos desperdigados al azar. Por lo general se topaba con ellos sin querer, al levantar la vista y ver por la ventanilla, al cruzar la calle dos semáforos antes o confundirse y bajar del carro un par de paradas después de la prevista. Se tropezaba con paredes maquilladas de grafitis fosforescentes; o edificios con las ventanas cegadas, tapiadas con tablones o ladrillos y concreto; casas de principios del siglo pasado asfixiadas por plantas que nacían desde sus grietas; carteles y propagandas testigos de otras décadas, otra ciudad, otro ritmo de vida.
Al final de su estadía, después de subir y bajar miles de escalones que los precolombinos gastaron sin soñar siquiera con la esclavitud y las pestes; después de entrar a cada catedral, iglesia y templo impregnadas de biografías de hombres anónimos en sus retablos dorados; de andar y desandar callecitas o mercados con olor a guayaba, tacos de tripa y especias, no pudo olvidar cada una de las ruinas urbanas que cruzó sin querer. Sentía que en ellas, dejadas de lado en los circuitos turísticos, se guardaban también historias importantes. Mínimas, intimas, pero historias al fin. Pensaba que cada una de esas paredes había escuchado secretos y confesiones que jamás podrían revelar. Habían visto amantes y enemigos, familias numerosas, suicidas, viajantes perdidos, el nacimiento de criaturas y muertes prematuras. Venganzas sin sentido. Felicidad y enfermedad. Crímenes, plagios, fugas. Tal vez en sus ladrillos guardaran la melodía de un gran músico aprendiendo sus primeros acordes. Los gemidos de un primer orgasmo. Los susurros de una nana cantada a un berrichoso que despertó a las dos de la mañana o las interminables mañanitas del Rey David. El olor a tacos dorados y quesadillas. Carcajadas con aliento a mezcal.
Alguna promesa y los últimos besos antes de un adiós. 



miércoles, 17 de agosto de 2016

Sirenum Scopuli


La melodía lo invade erizando su piel, haciéndolo temblar de placer. Lo seduce con su cadencia y confunde sus pensamientos, sus sentidos, como si todo de repente hubiera perdido importancia. Olvida penurias, angustias, miedos. Y sonríe, extasiado.
Mientras,  sin dejar de cantar un instante, las sirenas lo devoran.  

 

Ilustración: Laura Sanchez (Facebook: Heliotropo Encuadernaciones)