martes, 8 de agosto de 2017

Éxodo lalalero



Lalalá Acustic Bar. Fotografia: Tola Ponce Rodríguez 


Han comenzado a demoler la casona.
Pocos días después de la última de las últimas noches, la última de a las múltiples despedidas y adioses. Los escucharon llegar tan resacosas y adormiladas como los que seguramente aquella noche habían disfrutado de la última jam, de los últimos tragos entre camaradas, confesiones a media lengua y carcajadas aplacadas por la música sin fin y los pasos frenéticos de los bailarines de siempre, parejitas incansables, esquivadas a duras penas por las mozas en su ir y venir con pilas de platos, vasos y botellas. Danzarines habitués que se movían a los codazos entre los espectadores más tímidos que apenas tamborileaban los dedos o movían el pie, dejándose llevar, para luego aplaudir frenéticos y nunca querer irse, hipnotizados, atrapados en la cadencia de una tuba de boca ancha y el aullido ondulante del clarinete.
Cuando amaneció no había nada. Las hojas muertas del mandarino habían vuelto a cubrir cada centímetro del patio, camuflando servilletas manchadas, chapitas de cerveza, algún que otro corcho y un millón de colillas de cigarrillos. Los ventanales sucios, con marcas de manos apoyadas seguro por alguien que quiso evitar caer ante el mareo, permanecían cerradas, opacas. Las luces de colores dormidas, el escenario vacío, plagado de sillas huérfanas, abandonadas. Las mesas y banquetas amontonadas al azar, ya sin ningún orden o patrón. La barra pegajosa atiborrada de copas sucias y el hedor a encierro, humo y alcohol rancio. Nada parecía diferente a cualquier otro fin de semana. Salvo porque la bacha había quedado llena de platos sin lavar y restos de comida, los cubiertos sin hacer, los vasos sin fajinar.
Mientras ellas dormían habían vaciado la casona en un duelo tácito, acompañado de risas y recuerdos de épocas más doradas, con la nostalgia del que quiso demasiado sin presentir jamás un posible final. Incluso el botellón cubierto de parafina derretida, ese donde el dueño litúrgicamente todas las noches encendía una vela blanca  convirtiéndolo en una especie de faro para aquellos que iban a ahogar sus penas o escuchar buena música tambaleándose sentados sobre las banquetas, perdió su reinado en el rincón de la barra. Poco a poco todo fue a parar a cajas y bolsas de consorcio y los espacios vaciados quedaron sumidos en el silencio. Al menos por unos días nadie subió por la escalera de mármol, resbalando como siempre le pasaba a los más distraídos, ni prendió las hornallas para hacer pochoclos, ni escribió con tizas de colores en la enorme campana de la cocina.  
Adormilado por el perfume a humedad, el fantasma que se paseaba por las habitaciones vacías de arriba, escondida muchas veces en el baño donde se cambiaban las mozas, la cocinera y su ayudante, despertó asustada esa mañana y temió bajar. No sólo porque ya era de día sino porque los ruidos no le resultaban familiares. Algo ha cambiado. Alguien parece estar derribando las paredes internas, ampliando el corazón de la casona a fuerza de mazazos limpios, sin piedad. Se escucha de fondo una radio a.m. y las risas de los que trabajan despreocupados, discutiendo qué dejar y qué destruir. Sin comprender cabalmente la situación, ella los espía desde la terraza, los ve ir y venir, sin distinguir a nadie conocido, sintiéndose desplazada, desahuciada. Después de todo nadie le consultó si deseaba cambiar de concubinos.
Al igual que el fantasma, la colonia de hormigas que durante bastante tiempo había extendido su hogar por los zócalos y columnas de la casa hasta besar cada uno de sus cimientos tampoco comprenden qué pasa. Por qué todo ha cambiado. Las obstrucciones de los canales del hormiguero son críticas, sobre todo en el ala este, donde hay más y más cemento nuevo. Algunas de las columnas fueron directamente mutiladas para obtener mayor espacio. Las paredes húmedas, con sus murales gastados, fueron prolijamente picadas hasta quedar desnudas, con los ladrillos vistos. Las tablas podridas de la galería, que a cada paso rebotaban con cadencia al compás, fueron levantadas en su totalidad, dejando al descubierto no sólo parte del hormiguero sino también un cementerio de polvo, filtros de cigarrillo, pelo y hojas secas. Durante días se organizaron y por cada canal obstruido abrieron diez alternativos. Huyeron debajo de las baldosas hasta que el piso fue levantado y remplazado por relucientes cerámicos. Se refugiaron en los armarios viejos hasta que estos también fueron desmantelados. Y poco a poco, al igual  que el fantasma, se vieron arrinconadas por todos lados, sitiadas en su propia casa, extrañando de repente los quejidos del contra alto y la fuerza con la que el hombre de barba entrecana tocaba sus variadas y extraordinarias trompetas. Extrañaban a la mujer que las tentaba a salir de sus túneles para escucharla, con esa de voz potente y dulzura de niña; el olor a asado y los restos de comida al otro día en el quincho; la calidez cerca del escenario las noches que se llenaba de clientes, amigos y familia. Desorientadas y algo abatidas por unos días decidieron esperar en lo profundo de sus túneles a que todo se calmara.
Con el tiempo los intrusos dejaron de escarbar y remodelar su entorno. Pintaron las paredes de colores pasteles y llenaron los rincones de frases motivacionales vacías y sin rima. Pusieron en la vereda un hermoso cartel lleno de nombres extraños donde palabras como “ensalada” o “papas cheddar” fueron complejizadas bajo el concepto de “finas hierbas orgánicas de estación seleccionadas” o “rodajas de tubérculo crujiente estilo rústico bañado con un delicioso queso pálido de sabor agrio”. Al parecer ya no existía la posibilidad de pedir de postre un camionero o panqueques. Los vasos fueron remplazados por frascos, las plantas de los canteros del patio por macetones con plantas pulposas, cactus exóticos y lithops, los murales por cuadros clonados de Internet, tan parecidos a los de los bares de toda esa cuadra. Las luces dejaron de ser tenues y las lámparas de colores fueron remplazadas por otras de madera reciclada, parecidas a los faroles chinos. El viejo equipo de música fue substituido por uno más tecnológico que día y noche ofreció a sus clientes melodías de listas de reproducciones que combinaban lo mejor de la música de ascensor o centro comercial, alternando aleatoriamente bossa nova, jazz instrumental y hip hop. Donde antes estaba el escenario, el rincón donde tantos artistas compartieron su talento y disfrutaron junto a otros de lo que más amaban hacer, los nuevos dueños pusieron un hermoso plasma de cuarenta y ocho pulgadas, un Smart TV imponente donde podrían sintonizar video clips o los partidos durante los mundiales de futbol. 
Con el correr de las semanas era evidente que nada volvería a ser como antes. Las huérfanas soportaron un poco más con la esperanza de no tener que abandonar su hogar. Pero les fue imposible adaptarse al nuevo estilo, tan naif, tan insulso, tan trillado. El fantasma, ya aburrida de esconderse en el único cuartucho que los nuevos dejaron intacto, con su olor a encierro y sus baratijas de otra época más feliz, decidió salir de ese lugar, harta ya de escuchar melodías sin pies ni cabeza y conversaciones vacuas. Sin que nadie lo notara una noche bajó las escaleras de mármol, acariciando el barandal de madera a modo de despedida, tratando de no mirar alrededor para poder guardar en su memoria el bar como ella lo recordaba, con las velas de mechero en cada una de las mesas, el piano desafinado custodiando la entrada, las ventanas verde oscuro y las sillas blancas con la pintura saltada. Llena de tristeza se sentó en la vereda, suspirando, mientras la colonia de hormigas también emprendía la retirada, con sus reservas de comida y huevos de larvas sobre la espalda. Durante un rato las observó marcharse ordenadamente, en fila, rumbo a la Cañada, mimetizándose con el gris del asfalto. Hacía tiempo que no salía a vagar. Eran muchos los años que había permanecido cómoda y feliz en la casona, escuchando desde el primer piso las disimiles bandas, las carcajadas, el cotilleo de la cocina, las peleas y los feliz cumpleaños desentonados. Pero increíblemente en pocos días todo eso había desaparecido. Por lo menos físicamente.
Miró el resto de la calle, el alboroto de la feria. Volvió a resoplar de fastidio y se puso en marcha al escuchar que la lista de reproducción de todas las noches volvía a empezar y se repetía incansablemente en el bar del al lado, y el siguiente, el continuo. Y el de más allá.




martes, 21 de febrero de 2017

Sinécdoque




Tres termos de mates. Tres termos de mates nos bajamos hablando tonteras. Tres veces pusimos la pava y de tanta cháchara en las tres ocasiones se nos hirvió el agua y nos quemamos el paladar, y las lenguas siguieron sus contorciones ardidas sin cercenar la charla.
El sol se apagó. La calle parecía una maqueta monocromática cuando abandoné tu casa. Y en el pedalear hasta mi barrio olvidé de qué tanto hablamos. Olvidé los tres termos de mate, la tarde cálida, los ladridos de los perros. Lo único importante de nuestra juntada era la foto. Esa que me apresuré a buscar cuando llegué a casa y que admiré mientras prendía la compu y conectaba el USB. Esa que etiqueté y publiqué pública para que todos se enteraran de lo increíble que la habíamos pasado filosofando toda la tarde, la gran amistad que compartimos, lo interesantes que somos.
Una vez subida, después de un par de likes, me olvidé de mi vejiga llena de agua de mates lavados, nuestra conversación y los problemas o alegrías que me contaste.
Tal vez dentro de un par de meses vuelva a visitarte para sacarnos otra selfie.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Cajoneados


Salir a buscar trabajo es un trabajo.
Eso dicen en todos los blogs, páginas webs, videos motivacionales de Facebook. Buscar trabajo es un trabajo. Un trabajo por el que no te pagan y que lleva horas de caminatas interminables entregándoles a desconocidos una escueta descripción de quienes somos y cuanto valemos en sólo algunas páginas de un curriculum vitae que tal vez jamás sean leídas.
Es justamente ese curriculum el que me suscita cierta incomodidad. Más allá del acostumbrado “no señorita, por el momento no estamos tomando personal, ¿para que me lo va a dejar?” o “muchísimas gracias pero no contratamos mujeres”, sospecho que en cada lugar al cual he ingresado con cara resplandeciente de niña buena y una sonrisa de oreja a oreja los empleados tienen debajo del mostrador un cajón especial. Un cajón en el que no suelen meter mucho la mano. Un cajón que apenas abren a veces, cuando alguien tiene la osadía de entrar a dejar un curriculum por puro descaro, aunque no haya ningún cartel solicitándolo. Sólo entonces sonríen nerviosos y aceptan las tres hojitas a regañadientes, como quien no quiere la cosa, pensando que sería muchísimo mejor haber pedido licencia ese día y estar en sus casas panza arriba mirando la tele. Y por eso te miran con los ojos vidriosos asegurándote que apenas esté el encargado de planta o llegue el jefe se lo van a entregar. Pero yo, que ya me había dado cuenta de esa actitud, me los quedaba mirando, no salía del  negocio hasta que abrían el cajón debajo del mostrador con un cuidado extraordinario, y en un movimiento rápido metían mi CV y lo cerraban de golpe. Sospechaba que si me iba antes de ese simple acto, para evitar abrir ese cajón el empleado  al que le confié mi oportunidad laboral arrojaría mi curriculum a la basura o haría avioncitos de papel con notas guarras para la empleada del otro pasillo o se lo llevaría a sus hijos para que dibujaran e hicieran sobre mi foto unos hermosos bigotes y una larga barba coronada de pecas. Y pensaba que lo hacían de mala leche, para evitar la competencia, para conservar su puesto haciendo de cuenta que nadie más lo requiere.
Pero después de varios meses de salir a tirar CV sin que nadie me llamara, y presenciando una y otra vez la misma secuencia, sospecho que esos estratégicos cajones ubicados debajo de los mostradores en realidad guardan en su interior la boca de una especie de pequeña Escila devora papel, amante de las panzadas de tinta. Creo firmemente que esos cajones son distribuidos por la NASA como un negociado paralelo a todos sus chanchullos de viajes falsos a la Luna y meteoritos que amenazan con destruir la Tierra para generar más ganancias. Creo que en cada uno de ellos han logrado condensar agujeros negros, ideales para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama, con la finalidad de eliminar fácilmente la cantidad de curriculums que reciben los distintos comercios, bolsas de trabajo y recepcionistas de recursos humanos en épocas de crisis u oleadas de viajeros hippies que buscan hacer changas para vivir un par de días, conocer el lugar y seguir viajando. Es por eso que los empleados odian recibir a los aspirantes y tener que guardar sus CV. Porque son conscientes que un mal movimiento, un confiarse demasiado, podría llevarlos a la catástrofe de ser succionados por el cajón de la misma forma que las hojas de papel, perdiéndose así en la infinitud del Cosmos.
Incluso me atrevo a pensar que cada vez que hay una huelga, un paro general, una manifestación laboral o una simple queja salarial aquellos que osan importunar la marcha impoluta del capitalismo son condenados al cajón. Obligados a saltar dentro de ellos para así ser barridos de la faz de la Tierra y quitarlos del medio. Supongo que algunos vuelven, escupidos desde vaya a saber qué dimensión paralela sin ánimos de nada, hartos ya del papeleo y filas burocráticas. Nunca he sabido de ninguno, pero cabe esa posibilidad. O tal vez pasen sus jornadas confinados a un rincón espacio-temporal desconocido, obligados a organizar y archivar día a día una lluvia de curriculums de todo el Mundo que desembocan, al igual que ellos, en ese lugar olvidado gracias a los agujeros negros escondidos en los cajones.
Sospecho que sólo entonces, una vez erradicada la rabia y cortada la cabeza de la huelga y el descontento, los dueños y jefes, contentos con su inversión cajonera, dan la orden de que el próximo indefenso que ingrese pidiendo trabajo sea contratado de inmediato como remplazo del revoltoso.





lunes, 24 de octubre de 2016

México



           Después de horas andando, subiendo y bajando de peceros, entrando y saliendo del metro, nada fue más gratificante que unas chelas bien frías en una de las terrazas de La Condesa. Una vez sorteada la puerta, que se abría a la calle desierta como fauces negras, sus pies fueron tanteando un camino apenas delineado, pasando de una habitación a otra. Las escaleras de la casona se contorsionaba hasta el cielo encapotado como una columna vertebral quebrada en disimiles pedazos, y a cada piso al que accedían un sopor hipnótico las iba seduciendo. La pulquería estaba atestada de gente. La noche se disfrazaba de calidez en medio de un otoño tímido, apenas percibido. Las mesas se amontonaban como naipes mal barajados y las conversaciones se entrelazaban como cadáveres exquisitos improvisados en voz alta.
Entre risas, uno de los que jugaban de local les contó a las corridas, sin pausas, los lugares que podían visitar el resto de los días que pasaran en la ciudad. Los lugares que no podían dejar de ver y a los rincones a donde mejor ni asomar la nariz. La familiaridad se fue acentuando a medida que los vasos se vaciaban y la tonada bailaba en sus labios sin resbalar. Las palabras se escabullían atolondradas por la emoción en un castellano inteligible. Apenas podían entender cómo, hablando la misma lengua, más de una vez debían pedir traducción de lo que decía, buscar equivalencias a modismos, insultos, expresiones. Cada neologismo era como una piedra en los zapatos que no permitía correr del todo relajado sin que a cada paso mal dado se sufriese una pequeña tortura. A tal punto que cuando la charla se hacía amena era un incordio andar buscando en el glosario mental ante la cara de estupefacción del interlocutor. Así y todo nada impidió que la conversación se extendiera. La vida nocturna mexicana es corta pero la plática siguió hasta que los dueños les pidieron, ya de madrugada, que por favor se retiraran para poder cerrar.
Amontonados en una larga mesa, junto a otros extranjeros, después de un rato se hartó un poco de prestar atención a tres temas de conversación distintos, encimados, getoneados todos al unísono, y se quedó un segundo en silencio tratando de descifrar que sentía, sin poder aún caer en la cuenta de que si en ese mismo instante la dejaban abandonada en medio de una avenida no sabría como regresar, no sabría a quien pedir ayuda. Su cabeza no terminaba de asimilar que había cruzado todo el continente y que mirara donde mirase nada era familiar. Abstraída en estos pensamientos sus ojos se quedaron observando con curiosidad el edificio abandonado que estaba a un costado de donde se habían sentado. Una propaganda de una gaseosa, fechada unos treinta años atrás, se derretía presa del tizne del smog y la humedad. A medida que la pared se iba descascarando el dibujo, opaco, difuso, parecía un rompecabezas mal trazado. Una vez más el anfitrión tomó la palabra y al verla tan concentrada en la pared le explicó que así como ese edificio, había muchos abandonados por todo el Distrito Federal. Negocios, edificios de oficinas, casonas. Ruinas en plena ciudad que la vorágine del progreso iba dejando atrás, fagocitadas por mega construcciones futuristas, cadenas de comidas rápidas, tiendas y centros comerciales. Quedaban así, vacías, anquilosadas en un tiempo no muy lejano pero ya olvidado, siendo para algunos boletos gratuitos a la memoria. En este caso a una bebida que todavía se conseguía en los kioscos cuando él era un infante, cuando aún llevaba pantalones cortos y las rodillas llenas de roña.
Desde esa noche y sin proponérselo tomó nota mental de cada uno de los olvidos desperdigados al azar. Por lo general se topaba con ellos sin querer, al levantar la vista y ver por la ventanilla, al cruzar la calle dos semáforos antes o confundirse y bajar del carro un par de paradas después de la prevista. Se tropezaba con paredes maquilladas de grafitis fosforescentes; o edificios con las ventanas cegadas, tapiadas con tablones o ladrillos y concreto; casas de principios del siglo pasado asfixiadas por plantas que nacían desde sus grietas; carteles y propagandas testigos de otras décadas, otra ciudad, otro ritmo de vida.
Al final de su estadía, después de subir y bajar miles de escalones que los precolombinos gastaron sin soñar siquiera con la esclavitud y las pestes; después de entrar a cada catedral, iglesia y templo impregnadas de biografías de hombres anónimos en sus retablos dorados; de andar y desandar callecitas o mercados con olor a guayaba, tacos de tripa y especias, no pudo olvidar cada una de las ruinas urbanas que cruzó sin querer. Sentía que en ellas, dejadas de lado en los circuitos turísticos, se guardaban también historias importantes. Mínimas, intimas, pero historias al fin. Pensaba que cada una de esas paredes había escuchado secretos y confesiones que jamás podrían revelar. Habían visto amantes y enemigos, familias numerosas, suicidas, viajantes perdidos, el nacimiento de criaturas y muertes prematuras. Venganzas sin sentido. Felicidad y enfermedad. Crímenes, plagios, fugas. Tal vez en sus ladrillos guardaran la melodía de un gran músico aprendiendo sus primeros acordes. Los gemidos de un primer orgasmo. Los susurros de una nana cantada a un berrichoso que despertó a las dos de la mañana o las interminables mañanitas del Rey David. El olor a tacos dorados y quesadillas. Carcajadas con aliento a mezcal.
Alguna promesa y los últimos besos antes de un adiós.