miércoles, 8 de febrero de 2017

Cajoneados


Salir a buscar trabajo es un trabajo.
Eso dicen en todos los blogs, páginas webs, videos motivacionales de Facebook. Buscar trabajo es un trabajo. Un trabajo por el que no te pagan y que lleva horas de caminatas interminables entregándoles a desconocidos una escueta descripción de quienes somos y cuanto valemos en sólo algunas páginas de un curriculum vitae que tal vez jamás sean leídas.
Es justamente ese curriculum el que me suscita cierta incomodidad. Más allá del acostumbrado “no señorita, por el momento no estamos tomando personal, ¿para que me lo va a dejar?” o “muchísimas gracias pero no contratamos mujeres”, sospecho que en cada lugar al cual he ingresado con cara resplandeciente de niña buena y una sonrisa de oreja a oreja los empleados tienen debajo del mostrador un cajón especial. Un cajón en el que no suelen meter mucho la mano. Un cajón que apenas abren a veces, cuando alguien tiene la osadía de entrar a dejar un curriculum por puro descaro, aunque no haya ningún cartel solicitándolo. Sólo entonces sonríen nerviosos y aceptan las tres hojitas a regañadientes, como quien no quiere la cosa, pensando que sería muchísimo mejor haber pedido licencia ese día y estar en sus casas panza arriba mirando la tele. Y por eso te miran con los ojos vidriosos asegurándote que apenas esté el encargado de planta o llegue el jefe se lo van a entregar. Pero yo, que ya me había dado cuenta de esa actitud, me los quedaba mirando, no salía del  negocio hasta que abrían el cajón debajo del mostrador con un cuidado extraordinario, y en un movimiento rápido metían mi CV y lo cerraban de golpe. Sospechaba que si me iba antes de ese simple acto, para evitar abrir ese cajón el empleado  al que le confié mi oportunidad laboral arrojaría mi curriculum a la basura o haría avioncitos de papel con notas guarras para la empleada del otro pasillo o se lo llevaría a sus hijos para que dibujaran e hicieran sobre mi foto unos hermosos bigotes y una larga barba coronada de pecas. Y pensaba que lo hacían de mala leche, para evitar la competencia, para conservar su puesto haciendo de cuenta que nadie más lo requiere.
Pero después de varios meses de salir a tirar CV sin que nadie me llamara, y presenciando una y otra vez la misma secuencia, sospecho que esos estratégicos cajones ubicados debajo de los mostradores en realidad guardan en su interior la boca de una especie de pequeña Escila devora papel, amante de las panzadas de tinta. Creo firmemente que esos cajones son distribuidos por la NASA como un negociado paralelo a todos sus chanchullos de viajes falsos a la Luna y meteoritos que amenazan con destruir la Tierra para generar más ganancias. Creo que en cada uno de ellos han logrado condensar agujeros negros, ideales para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama, con la finalidad de eliminar fácilmente la cantidad de curriculums que reciben los distintos comercios, bolsas de trabajo y recepcionistas de recursos humanos en épocas de crisis u oleadas de viajeros hippies que buscan hacer changas para vivir un par de días, conocer el lugar y seguir viajando. Es por eso que los empleados odian recibir a los aspirantes y tener que guardar sus CV. Porque son conscientes que un mal movimiento, un confiarse demasiado, podría llevarlos a la catástrofe de ser succionados por el cajón de la misma forma que las hojas de papel, perdiéndose así en la infinitud del Cosmos.
Incluso me atrevo a pensar que cada vez que hay una huelga, un paro general, una manifestación laboral o una simple queja salarial aquellos que osan importunar la marcha impoluta del capitalismo son condenados al cajón. Obligados a saltar dentro de ellos para así ser barridos de la faz de la Tierra y quitarlos del medio. Supongo que algunos vuelven, escupidos desde vaya a saber qué dimensión paralela sin ánimos de nada, hartos ya del papeleo y filas burocráticas. Nunca he sabido de ninguno, pero cabe esa posibilidad. O tal vez pasen sus jornadas confinados a un rincón espacio-temporal desconocido, obligados a organizar y archivar día a día una lluvia de curriculums de todo el Mundo que desembocan, al igual que ellos, en ese lugar olvidado gracias a los agujeros negros escondidos en los cajones.
Sospecho que sólo entonces, una vez erradicada la rabia y cortada la cabeza de la huelga y el descontento, los dueños y jefes, contentos con su inversión cajonera, dan la orden de que el próximo indefenso que ingrese pidiendo trabajo sea contratado de inmediato como remplazo del revoltoso.





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