domingo, 6 de septiembre de 2015

Desencuentro


Comenzó a llover. Primero torrencialmente, luego con tal violencia que parecía que el cielo al fin desataba su furia perforando la tierra a cada gota. Las calles fueron canales de agua ennegrecida, arrastrando a su paso todo lo que pudiera. Bajo el castigo de la media sombra de nubes, en medio de la desolada plaza, ensopada de pies a cabeza, seguía aguardando. No sabía que esperaba pero le habían susurrado alguna vez que cuando todo revive cualquier milagro es posible. Sin embargo el vacío que tenía no era rellenado con un diluvio o la brisa que le sucedió, trayendo los aromas de un ambiente enjuagado del polvo de una estación fría que acababa de partir. Cuando el sol empezó a picarle la piel con intención de hacerle cosquillas, evaporando las lágrimas silenciosas que en su fracasada espera brotaron sin razón, decidió dejar el lugar. Ya no tenía paciencia como para seguir aguardando nada en concreto. Corrió su cortina de pelo sobre los ojos, respiró hondo y se alejó. El árbol que había tratado de protegerla de la lluvia la observó alejarse con tristeza, sin poder contarle que sus hojas más altas lo divisaban a lo lejos; que esperara unos segundos…

Doblando en la otra esquina de la plaza el muchacho caminó esquivando las líneas de las baldosa. Sus pies lo habían obligado a salir apenas cayo la última gota y eran ellos los que lo arrastraban a un destino incierto con la esperanza de encontrarse con algo más que una plaza vacía. Entre desvarío y soportando la densa humedad se refugió bajo el árbol, decidido a esperar. Aunque no sabe muy bien qué. 




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