lunes, 18 de agosto de 2014

Apocalipsis


Cayó la luna. El viento aturdió al tiempo, bailando en torbellinos de polvo y alientos de moribundos. Desbordó el mar estirando en un largo bostezo sus brazos el día que al fin despertó. La vegetación vegetativa vejó cada rincón con su furia destructiva, extendiendo todo su ser por las estructuradas ciudades, estampándolas de verdes y aromas, ahogando, asfixiando paredes, subtes, hombres. El suelo se sacudió como si lo que cargase sobre su lomo ya le hubiera colmado la paciencia. La oscuridad fue compañera del caos. El miedo, susurrante de perniciosos concejos. La muerte y tristeza, hermanas soberanas.
Ante el fin inminente, cuando el sol terminó de madurar y se extinguió, a pesar de todo, sonreí con la sensación de haber vencido a la adversidad.

Había amado y seguía haciéndolo.
El sentir me hacía inmune.





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